Dos Méxicos: Una Experiencia
en Japón
Por: Silvia Ventura*
|
|
|
|
En julio 22 del 2002,
emprendí un viaje hacia Japón, junto con otros delegados de
México. Diecinueve
jóvenes –entre los 19 y 27 años- fuimos representando a México
a una conferencia que fue organizada por el gobierno japonés y que se
denominó: “Intercambio Internacional de Desarrollo
Juvenil” (IIDJ). El motivo
de la misma fue para que los jóvenes japoneses aprendieran acerca de
otros países y culturas ya que Japón es un país sin
fronteras, de ahí que invitaron a 14 países a participar:
Austria, Cuba, Uruguay, Suecia, Corea del Sur, Brasil, Myanmar, Moroco,
Rumania, Tanzania, Turquía, y Jordania. La IIDJ fue dividido en tres partes durando una semana
cada uno, en los cuales cada país contribuyó con su cultura e
ideas. Durante los 24
días compartimos y participamos con ideas sobre cómo colaborar
entre países. Durante la
Conferencia Internacional Juvenil que se llevó a cabo en Tokio,
Japón, cada delegación presentó cómo es la
familia en cada país, ya que el tema de esta parte de la semana fue
acerca de la familia. Lo
descrito por los japoneses fue especialmente interesante por la familia
imperial, el Coronado Príncipe y la Coronada Princesa tuvieron a su
primera hija, Aiko. Tuve la
oportunidad de presentar a todos los otros países sobre la
familia en México. Los Mexicanos coincidimos en que en
nuestro país se valora a la familia y que la mujer sumisa poco a poco
está cambiando el rol típico. Después de la presentación los delegados
mexicanos dialogamos con otros representantes de Japón. Por lo que me pude dar cuenta
México es un país totalmente diferente a Japón. Lo que aprendí del punto de
vista de los estudiantes jóvenes de ese país asiático es
que por lo común no hay callejeros pidiendo limosnas, no hay
niños de la calle, no hay familias con más de cuatro personas,
no hay un sistema de segregación
contra unos a otros.
Japón es uno de los países donde el 97% de los
estudiantes de la preparatoria continúa sus estudios. También es en donde no abundan
los desempleados, ya que sólo el 4.7% de la población
está desempleada. Yo por mi
parte no necesitaba ver las estadísticas de México para saber
que se vive una situación socio-económica completamente
diferente a la de Japón. Un
compañero mexicano dijo: “Cada uno fue representando una faceta
de México”. Yo fui
representando a la mujer indígena huyendo de la pobreza que se vive en
nuestro país. Otros
compañeros mexicanos llegaron a ser profesionales a pesar de las
adversidades. Por mi parte vi
dos Méxicos diferentes, el mío y el de mis compañeros.
Mi familia para tener comida, trabajo, seguridad, y educación, tuvo
que salir de México, ya que allá los indígenas estamos
marginados y nos es casi imposible alcanzar una vida digna. Sin embargo, el otro México
que se puede ver es el de la riqueza cultural e histórica. Me fue difícil pero no imposible responder la siguiente pregunta con dos repuestas: ¿Cuál es el papel de la mujer en México? Hablando por la mujer indígena en México, les contestaba que son marginadas, abusadas, no reciben educación, y desempeñan un doble papel como mujeres trabajadoras de la casa y proveedoras de la familia. Reconozco que en otros lugares de México, la mujer mestiza también es marginada, abusada, y también es proveedora de la familia, pero no al extremo a lo que la mujer indígena sufre, ya que las mujeres indígenas sufren tres tipos de discriminación como mujeres, como indígenas y como migrantes, y esto sucede tanto en México como en los Estados Unidos. La segunda
semana tuve la oportunidad de participar en otro diálogo acerca del
matrimonio, durante el cual expliqué dos matrimonios diferentes. Les dije que en el estado de donde yo
soy, la mujer se casa muy joven y que a veces es tratada como una
mercancía y es vendida.
Que cuando se le pide la mano a la novia, es un proceso de más
de dos semanas, que hay cierto tipo de platillos y ritos que se llevan a cabo
y que son desconocidos en otras partes del país. En el otro México se regala el
anillo de compromiso y se lleva acabo una recepción con el matrimonio
religioso. Durante tres
días viví con una familia Japonesa y me pude dar cuenta de los
estereotipos que se tienen de México. Cuando les mostré una blusa típica del
estado de Oaxaca y mi huipil me dí cuenta que no era lo que esperaban. Ellos esperaban al típico
ranchero, con su sombrero y su tequila y la mujer con su pintoresco vestido
folklórico. Cuando todos
los delegados traían puesto sus respectivos trajes típicos los
japoneses y otros extranjeros nos miraron con asombro. Aunque hubo algunos de nosotros que
cumplimos con las expectativas habíamos otros que mostramos que
México es mas allá del sombrero de charro y el vestido
folklórico. Dejamos en
claro que en México hay mucha diversidad que no es conocida
mundialmente. En la
última semana en el Pueblo Juvenil se llevó a cabo otro
diálogo sobre el papel de la
mujer y sobre la violencia en su contra. De nuevo me encontré los mismos problemas, ya que
hubo momentos en que me contrariaba yo misma. Que la mujer indígena es marginada mientras que la
mujer mestiza poco a poco está destacando. Que el ingreso de la mujer indígena a roles
tradicionalmente masculinos es sólo en el plano laboral mientras que
para algunas mujeres en la ciudad es diferente, ya que han logrado ocupar
cargos públicos, por ejemplo.
Al final de la discusión hubo algunas preguntas que nos
hacíamos uno al otro:
¿Qué piensas tu que son las posibles maneras para
mejorar el mundo?
¿Cuáles son las limitaciones para hacer el mundo
mejor? Después de
contemplar estas preguntas, tomar en cuenta otras opiniones y regresar con mi
familia llegué a dos conclusiones. Un compañero dijo: “Para mejorar el mundo
tenemos que empezar mejorándonos a nosotros mismos.” Es irreal decir olvidar el racismo y
la discriminación como sociedad.
Creo que para reducir tales ejercicios tenemos que empezar a darnos
cuenta de los problemas que vive nuestra gente: mientras algunos vivimos una
vida con comodidades hay algunos que diariamente no comen, no tiene un techo,
que en nuestro México hay discriminados, marginados y explotados. Todo eso son las limitaciones que nos
impiden ser mejores individuos, tener un mejor país y mundo mejor. Pero el
intercambio no era sólo para discutir y dialogar sino también
para visitar lugares turísticos en Japón. Visitamos templos en Shiga y Kyoto. Junto con una japonesa y un brasileño
dirigimos el festival que se llevó acabo la última semana. El tema del festival fue
colaboración y todos colaboramos con nuestras ideas. Fue algo difícil porque muchos
nos comunicábamos en ingles, un idioma que no todos dominaban. Será
algo irónico o quizás lo queramos llamar cosas del destino,
pero tener la oportunidad de experimentar un nuevo país, un nuevo
mundo es algo excepcional.
Cada persona tenía una perspectiva diferente del otro. Lo que yo me pude dar cuenta es de
que no nos podemos ayudar uno al otro si no tomamos en cuenta lo que
está pasando en nuestro propio país, ya que hay mucha
diversidad y quizás haya más de dos Méxicos. Quizás Japón no sea el
país ideal para guiarnos, pero sí es importante reconocer que
Japón no tiene un sector de sus ciudadanos que son marginados y
olvidados. Me gustaría tomar estas oportunidad para
agradecer al FIOB, a CONACULTA, a la Embajada de Japón y al Instituto
Mexicano de la Juventud por darme la oportunidad de ser una delegada y
representar a mi gente. No solo
aprendí de la cultura de Japón y su gente sino también
pude comprender de mi propio país como una mujer indígena. El estar en países diferentes
me hace comprender y valorar mi lengua, cultura y mi gente a pesar de la
marginación que uno al otro nos provocamos. |